CAPÍTULO 3 –
EL MURO DERRUMBADO
La noche
envolvió la ciudad como un manto oscuro tejido por manos invisibles, y
el cementerio pareció hundirse en ese abrazo sombrío. El grupo estaba reunido
frente al muro cubierto de musgo, que respiraba humedad y abandono. La
lluvia había cesado, pero el aire seguía impregnado de olor a tierra mojada y
óxido, como si el suelo recordara antiguas sepulturas. Un relámpago
rasgó el cielo e iluminó el portón de hierro oxidado, mostrando las letras
corroídas de un nombre que el tiempo había decidido borrar.
Gary
levantó la linterna y habló en voz baja, para que su tono serio domara el
nerviosismo del grupo:
—Todos
juntos. Nadie se separa.
Sus ojos
se cruzaron con los de Pelusa. Ella asintió, aunque sus manos temblaban como
hojas atrapadas por el viento nocturno.
Manuel,
emocionado como un niño en su primera excursión, señaló una sección del
muro donde las piedras estaban desplomadas.
—Por
aquí. Encontré este acceso hace semanas. Si seguimos recto, llegaremos a los
mausoleos más antiguos.
Uno por
uno treparon el muro. Lalo ayudó a Paola a pasar, pues sus rodillas temblaban como
si el miedo les hubiese robado la fuerza. Piter Luis, con su calma
selvática, cargó parte del equipo, mientras Pepe Lucho silbaba una melodía
nerviosa, como si el sonido pudiera espantar a la oscuridad.
Al otro
lado, el cementerio los recibió con un silencio absoluto. La neblina se
extendía como un velo mortuorio, y las lápidas parecían mirarlos como
rostros erosionados que aún conservaban memoria. El viento soplaba débil,
moviendo ramas secas que crujían como huesos reclamando atención.
Pamela
encendió su linterna, revelando una hilera interminable de tumbas antiguas.
—Esto… es
increíble —murmuró.
—Es
perturbador —replicó Melisa, tomando notas—. Algunas de estas lápidas tienen
siglos…
Pelusa
caminaba detrás de Gary. Cada paso le pesaba como si avanzara sobre
territorio sagrado. En su mente, la advertencia de la niña resonaba una y
otra vez: “No entres… o no volverás…”.
Paola,
abrazándose a sí misma como si intentara sostenerse entera, habló en voz
temblorosa:
—Esto
está mal. Siento… siento que nos observan.
—Es tu
imaginación —bufó Verónica, aunque su voz traicionó su valentía.
Entonces,
un relámpago iluminó el cementerio, y todos vieron lo mismo.
En la
entrada de un mausoleo, a unos veinte metros, se alzaba una silueta alta y
oscura. Inmóvil. Observándolos como un guardián antiguo.
—¡¿Vieron
eso?! —exclamó Lalo, alzando su linterna.
Pero
cuando la luz volvió, la figura ya no estaba. El vacío ocupó su lugar como
una burla silenciosa.
El grupo
quedó paralizado. Gary respiró hondo y habló con calma forzada:
—Es la
niebla. Vamos.
Avanzaron
entre las tumbas; el sonido de sus pasos sobre las hojas secas resonaba como
si alguien más caminara detrás de ellos. Pepe Lucho intentó una broma:
—Si es un
fantasma, seguro se enamora de mí.
Pero el
silencio se negó a reír.
Llegaron
frente a un mausoleo de piedra cubierto de enredaderas, que trepaban como
venas vivas. La puerta estaba entreabierta y un olor nauseabundo escapaba
del interior, como un aliento antiguo.
—¿Qué
demonios es eso? —dijo Verónica, tapándose la nariz.
Manuel se
inclinó, emocionado, examinando el grabado.
—Este
símbolo… es antiguo. Podría ser colonial…
Pelusa
dio un paso atrás. El peligro la oprimía como una mano cerrándose sobre su
pecho.
—No
entremos ahí. No deberíamos estar aquí.
—Es solo
un mausoleo —dijo Pamela, aunque su voz tembló como una mentira.
De
pronto, un sonido seco resonó en el interior: ¡crac!, como un hueso
quebrándose. Todos apuntaron sus linternas. El haz reveló una escalera que
descendía hacia la oscuridad… y algo más.
En el
fondo, entre las sombras, dos puntos brillantes ardían como carbones
encendidos.
Paola
soltó un grito ahogado. Gary elevó la linterna y la luz mostró una figura
encorvada, de piel grisácea, que huyó hacia la negrura como un animal
sorprendido. El grupo retrocedió, tropezando.
—¡Mierda!
¿¡Vieron eso!? —gritó Pepe Lucho.
—¡No era
humano! —exclamó Melisa.
El
corazón de Pelusa latía como un tambor de guerra. Una ráfaga de aire
frío pasó junto a ella y susurró su nombre. La noche había aprendido a
hablar.
—Nos
quieren fuera de aquí… —murmuró.
Gary dio
un paso al frente.
—Tranquilos.
Lo que sea que esté aquí, no vamos a huir. Estamos juntos.
Un trueno
estalló con tal fuerza que el suelo pareció estremecerse. Y entonces, desde las
profundidades del mausoleo, una risa femenina y desgarradora resonó, como si
la muerte celebrara. El cementerio estaba despertando.
Capítulo 4 – EL MAUSOLEO MALDITO
La risa
seguía flotando en el aire, vibrando como un eco enloquecido, y parecía
brotar de las paredes mismas del cementerio, como si la piedra tuviera
garganta y memoria. Nadie se movió durante unos segundos, inmóviles, clavados
al suelo como estatuas de miedo. La lluvia fina golpeaba las hojas, pero su
murmullo no lograba ahogar aquel eco perturbador que se negaba a morir.
Gary
tragó saliva, ajustó la linterna y dio un paso al frente.
—Vamos a
entrar.
—¿Estás
loco? —exclamó Verónica, con la voz alterada como un vidrio a punto de
romperse.
—Si nos
quedamos afuera somos un blanco fácil. Al menos adentro tendremos un punto de
control —respondió él, con una calma que no lograba engañar a la noche.
Pelusa se
abrazó el pecho, temblando como un animal herido.
—Gary…
hay algo ahí dentro. No es humano. Lo sé.
—Por eso
tenemos que verlo —dijo él, mirándola a los ojos—. Si esto es tan peligroso
como parece, no podemos darnos el lujo de ignorarlo.
Manuel,
entusiasmado pese al miedo, sacó su cámara, como si la razón intentara
imponerse al terror.
—Es un
hallazgo histórico…
Paola lo
fulminó con la mirada.
—¡No es
un museo! ¡Es una tumba!
Piter
Luis se adelantó, empuñando el machete envuelto en un trapo. Su voz sonó grave,
como un presagio antiguo.
—En la
selva, cuando los espíritus se ríen, es porque ya eligieron a su presa.
Paola
retrocedió, horrorizada.
—¡No
digas eso!
Un
relámpago iluminó el cementerio entero, y las sombras se estiraron sobre las
tumbas como cuerpos tratando de escapar. El mausoleo los aguardaba, abriendo
su boca de piedra, dispuesto a tragárselos. Gary respiró hondo y empujó la
puerta de hierro oxidado. El chirrido metálico fue tan agudo que el lugar
pareció gritar.
Dentro,
el aire era pesado y frío, como un aliento contenido durante siglos,
cargado de un olor dulzón y pútrido. Las linternas revelaron paredes cubiertas
de símbolos extraños y enredaderas secas, que trepaban como nervios muertos.
En el centro, un altar sostenía restos humanos esparcidos como si la muerte
los hubiera arrojado con desprecio.
—Esto no
parece un mausoleo común… —murmuró Melisa—. Parece un lugar de rituales.
Pamela
rozó una marca en la pared.
—No son
símbolos religiosos… al menos, no católicos.
Un
escalofrío recorrió a Pelusa. Las paredes susurraban, y aquellas voces
apagadas decían su nombre como si la reconocieran.
—Hay… hay
alguien más aquí… —dijo con un hilo de voz.
Sally la
observó.
—¿Qué
escuchas, Pelusa?
—Susurros…
—cerró los ojos—. Nos piden que no toquemos nada.
El
silencio se tensó como una cuerda. Gary avanzó hacia el altar e iluminó
el piso. Entre huesos amarillentos descansaba un objeto envuelto en tela roja.
Al desplegarlo apareció un crucifijo antiguo, ennegrecido, cubierto de
inscripciones en latín.
—Esto
tiene siglos… —dijo Manuel, fascinado.
—Déjalo
—ordenó Pelusa.
—¿Por
qué?
—¡Déjalo!
—insistió. Su voz estalló como un trueno encerrado en su pecho, y sus
ojos brillaron como si otra voluntad hablara a través de ella.
Un ruido
seco retumbó desde el fondo del mausoleo. La linterna de Pepe Lucho tembló como
una luciérnaga a punto de extinguirse. Desde la escalera brotó una
corriente de aire frío que arrastró olor a tierra húmeda y metal, como
sangre vieja despertando.
—No me
gusta esto… —susurró Lalo.
—Vamos a
bajar —ordenó Gary.
Paola lo
sujetó del brazo.
—¡No! ¡No
voy a bajar ahí!
Entonces
una sombra cruzó la sala a una velocidad imposible. Los gritos estallaron.
Pamela apuntó su linterna y vio una silueta femenina encorvada, con el rostro
cubierto por un velo negro.
—¡Ahí!
¡La vi!
La figura
se desvaneció como humo herido por el viento. Un segundo después, las
puertas se cerraron de golpe con un estruendo ensordecedor. El mausoleo se
selló como una tumba viva.
—¡Estamos
atrapados! —gritó Verónica, golpeando la puerta.
—¡Tranquilos!
—ordenó Gary.
Pelusa
permanecía inmóvil. El crucifijo ardía en su mente como una llave maldita.
—Nos
quieren abajo —dijo de pronto.
El trueno
sacudió los muros y la escalera oscura se abrió como una herida hacia el
corazón de la tierra.
Gary
levantó la linterna.
—Formen
fila.
Descendieron
uno a uno. Cada escalón resonaba como un tambor fúnebre, y el aire se
volvía más frío, más denso, como si el subsuelo respirara.
A mitad
de la escalera, Pepe Lucho se detuvo.
—Chicos…
creo que alguien nos sigue.
Todos
miraron hacia arriba. Allí, recortada por un relámpago, estaba la figura del
velo negro. Ya no estaba quieta.
Se
inclinó hacia ellos y lanzó un grito tan desgarrador que las paredes
temblaron de terror. La linterna de Paola se apagó de golpe.Y el
cementerio, satisfecho, había cerrado sus puertas.