CAPÍTULO 8 – SOMBRAS QUE RESPIRAN
La luna se desangraba lentamente en el cielo,
pálida y enferma, como un ojo cansado que ya no quería mirar. El viento gemía
entre los árboles del cementerio, deslizándose por las grietas de la cripta
como una lengua curiosa que husmeaba en la oscuridad. Las paredes, húmedas y
cubiertas de musgo, parecían sudar un aliento antiguo; olían a tierra podrida y
a recuerdos enterrados.
La lluvia golpeaba el techo de zinc con un ritmo torcido, irregular, como pasos invisibles caminando sobre sus cabezas.
Pelusa estaba sentada en el suelo, abrazando sus
rodillas, pequeña y frágil, como un animal
acorralado por la noche. Sus ojos no parpadeaban; estaban clavados en
un rincón donde la sombra parecía más espesa, como si respirara.
Pamela la observó, con un nudo apretándole el
pecho.
—Pelusa… ¿estás bien?
Pelusa tardó en responder.
—No lo sé… —susurró—. Siento… como si
alguien estuviera aquí, pegado a mi espalda.
Todos giraron la cabeza hacia el rincón
señalado. No había nada. Solo sombras, amontonadas unas sobre otras, como cuerpos que se empujan en silencio.
Entonces, un aliento helado cruzó la cripta y la vela que Manuel había
encendido murió de golpe, como si alguien
la hubiera ahogado con los dedos.
—Esto no me gusta… —murmuró Paola, aferrándose
al brazo de Piter Luis, buscando calor como quien se agarra a la última tabla
en medio del naufragio.
—Tranquilas, es solo el cansancio —dijo Gary,
aunque su voz sonó hueca, como una
mentira mal ensayada.
Sally se levantó con cuidado, como si el suelo pudiera despertarse, y
entreabrió la puerta de la cripta.
—No hay nadie…
Sus palabras apenas terminaron de caer cuando
un sonido metálico se filtró desde la oscuridad: un tintineo lejano, débil, como una risa oxidada.
—¿Escucharon eso? —preguntó Pol, con los ojos
abiertos como platos.
—Sí… —dijo Manuel—. Pero aquí no hay campanas.
El sonido volvió, más cercano, más lento, como si alguien lo tocara con paciencia cruel.
Pelusa se llevó las manos a los oídos.
—No es una campana… —susurró—. Son cadenas.
El sonido se extinguió de golpe. El silencio
cayó pesado, como una lápida cerrándose,
y los corazones comenzaron a latir con fuerza, como tambores de guerra dentro del pecho.
—Tenemos que irnos —dijo Pamela—. Si nos quedamos,
eso… lo que sea… nos va a encontrar.
—¿Y salir ahí afuera? —replicó Verónica—. El
cementerio nos está mirando.
En ese instante, la puerta se cerró de golpe, como si la cripta hubiera decidido tragárselos.
Las linternas parpadearon, nerviosas,
y una ráfaga de aire helado recorrió el lugar, erizando la piel de todos.
Pelusa se puso de pie de un salto. Sus ojos
brillaban de forma antinatural, como
espejos encendidos en la oscuridad.
—Shhh… —dijo con una calma que no le pertenecía—. No hagan ruido.
Caminó hasta la puerta y apoyó el oído en la
madera.
—Alguien… respira ahí afuera.
Entonces lo oyeron. Un aliento profundo,
irregular, como el jadeo de algo que no
estaba vivo, justo detrás de la puerta. Nadie se movió. Nadie respiró.
—Debe ser el viento… —murmuró Gary.
—El viento no respira —respondió Pelusa.
El sonido se alejó, arrastrándose sobre la
grava. Manuel abrió la puerta con cuidado. Afuera, el cementerio yacía inmóvil,
iluminado por la luna rojiza.
Pero al fondo de la cripta, una sombra se deslizó lentamente hacia la pared, como una criatura que se retira al saberse
observada.
La tensión era tan espesa que podía cortarse.
Nadie lo dijo, pero todos lo supieron: no
estaban solos.
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