CAPITULO 1 – LA REUNIÓN SECRETA
La noche había caído con una rapidez inquietante. Las farolas parpadeaban sobre las veredas húmedas mientras el viento helado de la ciudad se colaba entre los callejones vacíos. El sonido lejano de un trueno resonó, anticipando la tormenta.
En un antiguo café universitario, al final de una calle mal iluminada, doce jóvenes ocupaban una mesa redonda. Sus rostros, iluminados apenas por la luz amarillenta de una lámpara, revelaban nerviosismo y emoción contenida.
Gary, de ojos serios y voz grave, tomó la palabra:
—Es ahora o nunca. Este cementerio no aparece en los mapas modernos. Nadie lo visita desde hace décadas. Si lo que Manuel encontró en esos archivos es cierto… —su voz bajó aún más— …hay tumbas que datan del siglo XVII y pasadizos subterráneos sellados hace siglos.
Manuel, siempre con sus libros y teorías, acomodó sus lentes con entusiasmo:
—¡Exacto! Este es un hallazgo arqueológico en potencia. Pero también… —miró a Pelusa con inquietud— …es un lugar del que se cuentan demasiadas historias de desapariciones.
Pelusa bajó la mirada. Sus manos jugaban nerviosas con una medalla colgada de su cuello. Ella había visto cosas que sus amigos nunca entenderían: sombras que no pertenecían a nadie, voces que susurraban su nombre. Sentía que la noche los estaba llamando.
Pamela, con una expresión desafiante, cruzó los brazos.
—¿Y qué? Todos aquí sabíamos que no iba a ser un paseo. Si alguien tiene miedo, que se quede en casa.
Paola tragó saliva y se abrazó a sí misma, visiblemente asustada.
—Yo… yo no sé si quiero ir. Siento… siento que no deberíamos.
Verónica golpeó la mesa con fuerza, sobresaltando a todos.
—¡Basta de miedos! Vamos a ir, y punto.
Gary lanzó una mirada firme al grupo.
—Escúchenme bien: esta expedición no es un juego. Llevaremos linternas, cámaras, cuerdas… y nadie se separará. ¿Entendido?
Pepe Lucho, el bromista del grupo, sonrió con su habitual confianza:
—Vamos, Gary, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que un fantasma me quiera besar?
Una risa nerviosa recorrió la mesa, pero Pelusa no sonrió. Sus ojos se clavaron en la ventana, donde una ráfaga de viento hizo crujir los marcos. En ese instante, creyó ver una silueta oscura parada bajo el poste de luz, inmóvil, mirándolos. Cuando parpadeó, ya no estaba.
—No es un juego —susurró.
Gary se inclinó hacia ella.
—¿Viste algo?
Pelusa dudó, pero asintió lentamente.
—Alguien… o algo… nos está esperando.
El silencio se hizo pesado.
Lalo, que hasta ahora había estado serio y callado, se pasó la mano por el cabello.
—En mi pueblo dicen que cuando un animal presiente una tormenta, es porque la muerte camina cerca. Y esta noche… —miró por la ventana— …huele a tormenta.
Pamela rodó los ojos.
—Lalo, por favor. Deja de hablar como si fueras un chamán.
—No es superstición —intervino Piter Luis con voz profunda—. En Tarapoto, antes de entrar a cementerios antiguos, se pide permiso a los espíritus. Si no lo haces… ellos te siguen.
Una ráfaga de viento golpeó la puerta del café con un estruendo metálico. Paola dio un salto. Sally, que había estado observando a todos en silencio, habló con calma.
—El miedo colectivo es normal, chicos. Pero no dejemos que esto se nos salga de control antes de empezar.
Melisa, la más centrada, revisó un cuaderno lleno de notas.
—Si seguimos el plan, entramos por el muro derrumbado, avanzamos hasta el mausoleo central y documentamos todo. No estaremos más de una hora.
Gary asintió.
—Perfecto. Nos vemos en la entrada norte del cementerio a medianoche. Lleven ropa negra y… nada de hacer ruido.
El grupo se levantó de la mesa. Afuera, la tormenta parecía crecer, y la luna llena comenzaba a teñirse de un rojo inquietante. Pelusa, al cruzar la puerta, volvió a mirar el poste de luz. Esta vez, vio claramente una sombra que no se movía… hasta que levantó la mano y le hizo un gesto de despedida. Un escalofrío recorrió su espalda. La aventura había comenzado.
CAPÍTULO 2 – PELUSA Y SU DON
La noche avanzaba lentamente, como un animal herido que arrastra sus sombras, haciendo que cada segundo pesara más que el anterior. El cielo, cargado de nubes densas, parecía contener la respiración antes del llanto. Entonces la lluvia comenzó a caer: primero en gotas tímidas, como dedos indecisos tocando un vidrio, y luego en un golpeteo constante que martillaba los techos y las ventanas de la ciudad, como un corazón acelerado por el miedo.
Pelusa caminaba sola hacia su departamento, envuelta en la oscuridad, con el abrigo ajustado contra el frío como una armadura frágil ante lo desconocido. El aire húmedo se le pegaba a la piel, y sus pensamientos se deslizaban inquietos, como hojas arrastradas por el viento nocturno. Sus pasos resonaban sobre el empedrado mojado, rompiendo el silencio igual que un susurro que no quiere ser oído.
Cada farola que pasaba parpadeaba, como un ojo cansado que se niega a permanecer abierto, y su luz amarillenta se estiraba sobre el suelo en sombras torcidas, como dedos espectrales intentando alcanzarla. Pelusa sintió entonces que la noche no era solo un escenario, sino un testigo atento, una presencia viva que la observaba avanzar, lenta, vulnerable, atrapada entre la lluvia y el murmullo oscuro de la ciudad.
Al llegar, cerró la puerta tras de sí con prisa y apoyó la espalda contra la madera, como si esta pudiera protegerla de aquello que la había seguido. La casa guardó silencio, un silencio espeso que parecía escucharla respirar. Su respiración estaba agitada, subiendo y bajando como un animal acorralado. No era por el frío ni por la caminata; era por esa sensación… ese cosquilleo en la nuca que la perseguía desde el café, como una mano invisible rozándole la piel. La certeza de que alguien —o algo— había caminado a pocos metros detrás de ella.
Encendió una lámpara en la sala y el tenue resplandor reveló un ambiente acogedor solo en apariencia; las sombras se alargaban por las paredes como criaturas estirándose al despertar. Sus dedos temblorosos recorrieron la cadena de su medalla: un pequeño crucifijo heredado de su abuela. El metal estaba frío, como si guardara memorias antiguas. Su abuela… aquella mujer que siempre le decía que el don que corría por su sangre era una bendición y una maldición, una moneda lanzada al aire por los dioses.
Pelusa suspiró y caminó hacia el espejo del pasillo. Lo había cubierto con una tela blanca hacía semanas; no soportaba lo que el reflejo le devolvía cuando estaba sola. El espejo, oculto, parecía dormir con paciencia, aguardando. Dudó un instante, pero finalmente retiró la tela. Su reflejo la observó con cansancio… y algo más, como si sus ojos escondieran una historia que ella no recordaba. En el fondo del vidrio, detrás de ella, creyó ver una silueta oscura. Se giró de inmediato. Nada. Solo el pasillo vacío, mirándola con indiferencia.
—No… no esta noche… —susurró, y su voz se deshizo en el aire como humo frágil.
Se dirigió a su cuarto y se dejó caer sobre la cama. El colchón crujió como un lamento antiguo. Cerró los ojos, intentando calmar su respiración, pero apenas los párpados se cerraron, una visión la sacudió como un golpe directo al alma.
Sangre.
Un cementerio cubierto de neblina, espesa como un sudario.
Tumbas abiertas, bocas hambrientas esperando nombres.
Y una figura alta, vestida de negro, con el rostro cubierto por un velo. La figura extendía una mano huesuda hacia ella, una rama seca pidiendo ser tomada.
—Ven…
Pelusa se levantó de golpe, sudando frío. La habitación parecía encogerse a su alrededor. El reloj marcaba las 11:15 p. m.; el tiempo avanzaba como un verdugo paciente. Faltaban cuarenta y cinco minutos para encontrarse con los demás. Sintió el impulso de llamar a Gary, decirle que no fueran, que todo era una locura. Pero algo más fuerte, algo inexplicable, la empujaba a ir, como una corriente oscura arrastrándola sin remedio.
Mientras se vestía de negro y guardaba su linterna, una sombra se movió en la esquina de su habitación. La vio claramente, como si la oscuridad hubiera decidido adoptar un cuerpo. Era la silueta de una niña pequeña, inmóvil, con el cabello pegado al rostro como algas húmedas.
Pelusa tragó saliva.
—¿Quién eres…?
La niña levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban vacíos y brillaban como agua estancada bajo la luna. Movió los labios, pero su voz no salió de su boca: resonó dentro de la mente de Pelusa, afilada como un susurro de muerte.
—No entres…
Pelusa retrocedió hasta chocar con la pared. El muro la recibió frío, indiferente. Su respiración se volvió entrecortada.
—¿Qué… qué dices?
—No entres… o no volverás…
Un trueno estalló en el cielo, como si la noche rugiera, y la luz de la lámpara parpadeó. Cuando regresó la claridad, la niña ya no estaba. Solo quedó el eco de su advertencia y un olor extraño en el aire, como tierra húmeda recién removida por manos invisibles.
Pelusa se llevó las manos al rostro, temblando.
—Dios mío…
Se sentó en el borde de la cama, respirando hondo, intentando dominar el temblor en sus manos. Era demasiado tarde para echarse atrás; lo sabía. Desde niña había tenido visiones, pero esa noche… esa noche el don parecía haber despertado con hambre.
A las 11:50 p. m., salió de su departamento. Afuera, la lluvia había amainado, pero el aire estaba pesado, cargado de electricidad, como si el cielo contuviera un secreto a punto de estallar. Caminó bajo las farolas, sintiendo otra vez esa mirada invisible, clavada en su espalda como un alfiler. Al doblar la última esquina, vio la entrada del cementerio: un muro alto cubierto de musgo y una verja oxidada que crujía con el viento, quejándose como un anciano cansado.
Gary ya estaba allí, apoyado en una farola, con una linterna en mano.
—Llegaste… —dijo con voz grave.
—Sí… —respondió Pelusa, y su voz sonó lejana incluso para ella.
Gary la observó de cerca.
—Estás pálida. ¿Estás bien?
Pelusa dudó.
—No lo sé, Gary. Creo que… alguien no quiere que entremos.
Él frunció el ceño, pero guardó silencio. Uno a uno comenzaron a aparecer los demás, vestidos de negro, con linternas y mochilas. El sonido de la lluvia sobre las hojas y el murmullo lejano de los truenos daban la sensación de que la noche misma contenía el aliento.
Pelusa miró hacia el muro del cementerio. Entre las rejas oxidadas, una sombra se deslizó. No era humana: era más alta, más delgada, y sus ojos brillaban como carbones encendidos en la oscuridad.
Parpadeó. La sombra había desaparecido.
Pero Pelusa supo, con una certeza fría y absoluta, que algo los estaba esperando del otro lado del muro, paciente, atento… y despierto.
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