CAPÍTULO 6 – EL ATAÚD SELLADO
El pasillo angosto del cementerio parecía alargarse como un camino
sin fin, estirándose con cada paso, igual que si no quisiera
dejarlos pasar. Las sombras se retorcían bajo los relámpagos como
criaturas inquietas, y las cruces oxidadas se mecían con el viento, lamentándose
con un tintineo semejante a campanas fúnebres que lloraban a sus muertos.
Pelusa avanzaba al frente con el rostro inexpresivo. No caminaba: era
guiada, como si una mano invisible la tomara del alma. Cada uno de sus
pasos resonaba hueco sobre el empedrado húmedo, como golpes dados al
corazón del cementerio.
—Pelusa… —murmuró Paola—. Esto no está bien.
—No tenemos elección —respondió Gary en voz baja. Su mandíbula temblaba como
una hoja a punto de caer.
—Sí que la tenemos: salir de aquí —insistió Verónica, mirando la reja
cerrada, que ahora parecía observarlos con burla.
—¿Y cómo? ¿Rompiéndola con las manos? —dijo Pol, abrazando su mochila como
si fuera un escudo frágil contra lo imposible.
Pelusa se detuvo en seco. Frente a ella se alzaba una cripta más grande que
las demás, erguida como un guardián antiguo. Los ángeles
mutilados de su fachada parecían mirarlos con ojos de piedra cansados,
y sobre la puerta oxidada, la inscripción apenas visible susurraba su
advertencia:
Non aperias nisi sacrificium datum est.
—Siento que algo nos llama desde ahí… —susurró Pelusa, como si la
cripta respirara su nombre.
—¡Pues que llame más fuerte! —exclamó Verónica, retrocediendo.
—Es como si nos observaran… —añadió Sally.
La linterna iluminó la puerta y reveló profundas marcas de uñas. El metal
parecía herido, arañado por la desesperación de
alguien que quiso escapar.
El corazón de Manuel golpeaba como un tambor de guerra. Se
adelantó y tocó el candado.
—Está roto… —dijo—. Esta puerta ya fue forzada.
Al empujarla, la cripta gimió, soltando un chirrido largo y
agudo, como un lamento que despertó a los muertos. Un olor
rancio escapó de su interior, arrastrándose como un animal enfermo.
Las escaleras descendían, tragándose la luz.
—Ni se te ocurra —dijo Paola, aferrándose a Manuel.
—Tenemos que ver qué hay abajo… —respondió él, con una fascinación
peligrosa.
Pelusa bajó el primer escalón. Sus ojos brillaban como si reflejaran
otra conciencia.
—Él me está guiando.
—¿El niño fantasma? —preguntó Sally.
Pelusa asintió.
La sala subterránea los recibió como una boca abierta.
Ataúdes antiguos descansaban apilados, reliquias oxidadas dormían en silencio,
y los símbolos del suelo parecían observarlos desde abajo.
En el centro, un ataúd pequeño, sellado con cadenas, emanaba un frío
antinatural, como si el invierno latiera dentro de él.
—Parece un ataúd de niño… —susurró Sally.
TOC… TOC… TOC…
El sonido brotó del interior, como un corazón atrapado.
—¡Dime que no escuchaste eso! —gritó Paola.
—Lo escuchamos todos —respondió Gary.
El golpeteo aumentó. Las cadenas vibraban como si tuvieran miedo.
—Él quiere salir… —dijo Pelusa—. Quiere justicia.
Las linternas parpadearon. El viento apagó una, y un murmullo coral llenó la
sala, rezando como un enjambre de voces sin cuerpo.
Un trueno sacudió la cripta. Una sombra gigantesca cruzó el fondo. La cadena
saltó sola, como si obedeciera una orden.
El ataúd se abrió lentamente. Una mano infantil emergió, temblando
como una raíz arrancada de la tierra.
—¡DEVUÉLVANMELO! —gritó una voz que hizo vibrar las paredes.
Las velas se encendieron solas. Las sombras humanas rodearon al grupo, calladas
como jueces antiguos.
El cementerio había despertado.
Y ya no pensaba dejarlos ir.
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