lunes, 9 de febrero de 2026

 

CAPÍTULO 6 – EL ATAÚD SELLADO

El pasillo angosto del cementerio parecía alargarse como un camino sin fin, estirándose con cada paso, igual que si no quisiera dejarlos pasar. Las sombras se retorcían bajo los relámpagos como criaturas inquietas, y las cruces oxidadas se mecían con el viento, lamentándose con un tintineo semejante a campanas fúnebres que lloraban a sus muertos.

Pelusa avanzaba al frente con el rostro inexpresivo. No caminaba: era guiada, como si una mano invisible la tomara del alma. Cada uno de sus pasos resonaba hueco sobre el empedrado húmedo, como golpes dados al corazón del cementerio.

—Pelusa… —murmuró Paola—. Esto no está bien.

—No tenemos elección —respondió Gary en voz baja. Su mandíbula temblaba como una hoja a punto de caer.

—Sí que la tenemos: salir de aquí —insistió Verónica, mirando la reja cerrada, que ahora parecía observarlos con burla.

—¿Y cómo? ¿Rompiéndola con las manos? —dijo Pol, abrazando su mochila como si fuera un escudo frágil contra lo imposible.

Pelusa se detuvo en seco. Frente a ella se alzaba una cripta más grande que las demás, erguida como un guardián antiguo. Los ángeles mutilados de su fachada parecían mirarlos con ojos de piedra cansados, y sobre la puerta oxidada, la inscripción apenas visible susurraba su advertencia:

Non aperias nisi sacrificium datum est.

—Siento que algo nos llama desde ahí… —susurró Pelusa, como si la cripta respirara su nombre.

—¡Pues que llame más fuerte! —exclamó Verónica, retrocediendo.

—Es como si nos observaran… —añadió Sally.

La linterna iluminó la puerta y reveló profundas marcas de uñas. El metal parecía herido, arañado por la desesperación de alguien que quiso escapar.

El corazón de Manuel golpeaba como un tambor de guerra. Se adelantó y tocó el candado.

—Está roto… —dijo—. Esta puerta ya fue forzada.

Al empujarla, la cripta gimió, soltando un chirrido largo y agudo, como un lamento que despertó a los muertos. Un olor rancio escapó de su interior, arrastrándose como un animal enfermo.

Las escaleras descendían, tragándose la luz.

—Ni se te ocurra —dijo Paola, aferrándose a Manuel.

—Tenemos que ver qué hay abajo… —respondió él, con una fascinación peligrosa.

Pelusa bajó el primer escalón. Sus ojos brillaban como si reflejaran otra conciencia.

—Él me está guiando.

—¿El niño fantasma? —preguntó Sally.

Pelusa asintió.

La sala subterránea los recibió como una boca abierta. Ataúdes antiguos descansaban apilados, reliquias oxidadas dormían en silencio, y los símbolos del suelo parecían observarlos desde abajo.

En el centro, un ataúd pequeño, sellado con cadenas, emanaba un frío antinatural, como si el invierno latiera dentro de él.

—Parece un ataúd de niño… —susurró Sally.

TOC… TOC… TOC…

El sonido brotó del interior, como un corazón atrapado.

—¡Dime que no escuchaste eso! —gritó Paola.

—Lo escuchamos todos —respondió Gary.

El golpeteo aumentó. Las cadenas vibraban como si tuvieran miedo.

—Él quiere salir… —dijo Pelusa—. Quiere justicia.

Las linternas parpadearon. El viento apagó una, y un murmullo coral llenó la sala, rezando como un enjambre de voces sin cuerpo.

Un trueno sacudió la cripta. Una sombra gigantesca cruzó el fondo. La cadena saltó sola, como si obedeciera una orden.

El ataúd se abrió lentamente. Una mano infantil emergió, temblando como una raíz arrancada de la tierra.

—¡DEVUÉLVANMELO! —gritó una voz que hizo vibrar las paredes.

Las velas se encendieron solas. Las sombras humanas rodearon al grupo, calladas como jueces antiguos.

El cementerio había despertado.
Y ya no pensaba dejarlos ir.

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