CAPÍTULO 7 SUSURROS ENTRE TUMBAS
El cielo parecía estar más bajo esa noche, como si quisiera aplastar
el cementerio con su peso. La luna rojiza, escondida entre nubes
densas, dejaba caer un resplandor enfermizo sobre las lápidas, como una
luz moribunda que se resistía a desaparecer. El aire estaba tan frío
que cada respiración se volvía visible, flotando frente a sus rostros
como el aliento de los muertos.
—Esto no me gusta —susurró Paola, temblando y aferrándose al brazo de Piter
Luis como si fuera su única protección.
—Tranquila, solo es un cementerio… —dijo él, aunque su voz se quebró al
final, frágil como vidrio a punto de romperse.
Pelusa caminaba unos pasos más adelante, con los ojos muy abiertos. Sus
pupilas parecían reflejar luces inexistentes, como espejos que captaban
un mundo oculto. Sus manos, cubiertas por los guantes, rozaban las
viejas lápidas como si leyera un lenguaje invisible grabado en la
piedra.
—¿Qué ves, Pelusa? —preguntó Gary, intentando sonar calmado, aunque su
corazón golpeaba su pecho como un tambor desbocado.
Pelusa no respondió de inmediato. Cerró los ojos y respiró hondo, como
quien se prepara para escuchar una verdad peligrosa.
—No… no estamos solos. Hay algo aquí… observándonos —dijo al fin, con la voz
baja.
Un trueno retumbó sobre sus cabezas como un rugido del cielo,
tan fuerte que las ramas secas de los cipreses parecieron estremecerse igual
que cuerpos asustados. La lluvia comenzó a caer en gotas finas, deslizándose
como dedos fríos sobre la tierra.
Pamela, firme como siempre, enfocó su linterna hacia un panteón al fondo.
—Si seguimos el mapa, deberíamos llegar a la tumba antigua que Manuel quería
ver.
—Sí, pero… —murmuró Pol, nervioso— ¿por qué siento que alguien nos sigue, como
una sombra pegada a nuestra espalda?
El grupo se detuvo. Solo se oía la lluvia golpeando las hojas y el crujido
de la grava bajo sus pies, como pasos ajenos imitándolos.
Entonces, un murmullo suave recorrió el aire, como una oración antigua
pronunciada por labios invisibles.
—¿Escucharon eso? —preguntó Sally, bajando la voz como si temiera
despertar algo.
—Fue el viento —intentó decir Pepe Lucho, pero tragó saliva al ver a Pelusa,
pálida como el mármol de una tumba recién tallada.
—No… no es el viento —susurró ella, mirando hacia las sombras entre las
lápidas—. Son… voces, como lamentos atrapados en la noche.
De pronto, las luces de las linternas comenzaron a parpadear, temblando
como ojos cansados. Primero la de Pamela, luego la de Verónica, hasta
que todas se apagaron al mismo tiempo. Un grito ahogado escapó de Paola como
un animal herido.
—¡Prendan las luces! —ordenó Gary.
Manuel encendió su linterna de repuesto, y el haz de luz reveló una figura
borrosa entre los árboles. Era alta, delgada y parecía flotar, como un
recuerdo que se niega a desaparecer.
—¡Allí! —gritó Verónica, señalando con el dedo.
Pero en un parpadeo, la figura se deshizo en la oscuridad, como humo
tragado por la noche.
Pelusa sintió un escalofrío recorrerle la espalda como una mano
helada. Entonces, una voz femenina, triste y susurrante, resonó cerca
de su oído, suave como un lamento y fría como la tierra:
—Váyanse… antes de que despierte…
—¡Corran! —gritó ella, sin pensarlo.
El grupo se lanzó por el sendero de tierra, tropezando con raíces y piedras como
presas huyendo a ciegas. La lluvia caía con más fuerza, y entre los
truenos, risas apagadas parecían seguirlos, pegándose a ellos como ecos
malditos. Pamela se detuvo un instante y giró la linterna: por un
segundo vio varias siluetas blancas, inmóviles, observándolos desde las lápidas
como jueces silenciosos.
—No puede ser… —murmuró, aterrada.
Mientras corrían, Pol tropezó y cayó frente a una fosa abierta. Gary lo
levantó justo cuando una sombra oscura se deslizó por el borde, sigilosa
como una serpiente. Sally, con la voz temblorosa, murmuró:
—Esto no es una simple presencia… algo… los está despertando.
Pelusa, jadeante, cerró los ojos otra vez. Entre los truenos y las risas,
oyó un susurro más claro y más frío, como si alguien le hablara
directamente al corazón:
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