lunes, 9 de febrero de 2026

 

CAPÍTULO 7   SUSURROS ENTRE TUMBAS

El cielo parecía estar más bajo esa noche, como si quisiera aplastar el cementerio con su peso. La luna rojiza, escondida entre nubes densas, dejaba caer un resplandor enfermizo sobre las lápidas, como una luz moribunda que se resistía a desaparecer. El aire estaba tan frío que cada respiración se volvía visible, flotando frente a sus rostros como el aliento de los muertos.

—Esto no me gusta —susurró Paola, temblando y aferrándose al brazo de Piter Luis como si fuera su única protección.

—Tranquila, solo es un cementerio… —dijo él, aunque su voz se quebró al final, frágil como vidrio a punto de romperse.

Pelusa caminaba unos pasos más adelante, con los ojos muy abiertos. Sus pupilas parecían reflejar luces inexistentes, como espejos que captaban un mundo oculto. Sus manos, cubiertas por los guantes, rozaban las viejas lápidas como si leyera un lenguaje invisible grabado en la piedra.

—¿Qué ves, Pelusa? —preguntó Gary, intentando sonar calmado, aunque su corazón golpeaba su pecho como un tambor desbocado.

Pelusa no respondió de inmediato. Cerró los ojos y respiró hondo, como quien se prepara para escuchar una verdad peligrosa.

—No… no estamos solos. Hay algo aquí… observándonos —dijo al fin, con la voz baja.

Un trueno retumbó sobre sus cabezas como un rugido del cielo, tan fuerte que las ramas secas de los cipreses parecieron estremecerse igual que cuerpos asustados. La lluvia comenzó a caer en gotas finas, deslizándose como dedos fríos sobre la tierra.

Pamela, firme como siempre, enfocó su linterna hacia un panteón al fondo.

—Si seguimos el mapa, deberíamos llegar a la tumba antigua que Manuel quería ver.

—Sí, pero… —murmuró Pol, nervioso— ¿por qué siento que alguien nos sigue, como una sombra pegada a nuestra espalda?

El grupo se detuvo. Solo se oía la lluvia golpeando las hojas y el crujido de la grava bajo sus pies, como pasos ajenos imitándolos. Entonces, un murmullo suave recorrió el aire, como una oración antigua pronunciada por labios invisibles.

—¿Escucharon eso? —preguntó Sally, bajando la voz como si temiera despertar algo.

—Fue el viento —intentó decir Pepe Lucho, pero tragó saliva al ver a Pelusa, pálida como el mármol de una tumba recién tallada.

—No… no es el viento —susurró ella, mirando hacia las sombras entre las lápidas—. Son… voces, como lamentos atrapados en la noche.

De pronto, las luces de las linternas comenzaron a parpadear, temblando como ojos cansados. Primero la de Pamela, luego la de Verónica, hasta que todas se apagaron al mismo tiempo. Un grito ahogado escapó de Paola como un animal herido.

—¡Prendan las luces! —ordenó Gary.

Manuel encendió su linterna de repuesto, y el haz de luz reveló una figura borrosa entre los árboles. Era alta, delgada y parecía flotar, como un recuerdo que se niega a desaparecer.

—¡Allí! —gritó Verónica, señalando con el dedo.

Pero en un parpadeo, la figura se deshizo en la oscuridad, como humo tragado por la noche.

Pelusa sintió un escalofrío recorrerle la espalda como una mano helada. Entonces, una voz femenina, triste y susurrante, resonó cerca de su oído, suave como un lamento y fría como la tierra:

—Váyanse… antes de que despierte…

—¡Corran! —gritó ella, sin pensarlo.

El grupo se lanzó por el sendero de tierra, tropezando con raíces y piedras como presas huyendo a ciegas. La lluvia caía con más fuerza, y entre los truenos, risas apagadas parecían seguirlos, pegándose a ellos como ecos malditos. Pamela se detuvo un instante y giró la linterna: por un segundo vio varias siluetas blancas, inmóviles, observándolos desde las lápidas como jueces silenciosos.

—No puede ser… —murmuró, aterrada.

Mientras corrían, Pol tropezó y cayó frente a una fosa abierta. Gary lo levantó justo cuando una sombra oscura se deslizó por el borde, sigilosa como una serpiente. Sally, con la voz temblorosa, murmuró:

—Esto no es una simple presencia… algo… los está despertando.

Pelusa, jadeante, cerró los ojos otra vez. Entre los truenos y las risas, oyó un susurro más claro y más frío, como si alguien le hablara directamente al corazón:

—El cementerio no duerme… y tú… eres la llave…

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